Los bebés responden de manera más positiva a las vocalizaciones de los adultos que contienen un tono afectivo positivo (Fernald, 1993). Tronick (1989) describe cómo la expresión de las emociones está relacionada con la regulación emocional y la comunicación entre la madre y el bebé: “las expresiones emocionales del bebé y del cuidador funcionan para permitir que ambos regulen mutuamente sus interacciones… el bebé y el adulto son participantes en un sistema de comunicación afectiva” (p. 112). Parece que la experiencia de emociones positivas contribuye de manera significativa al bienestar emocional y a la salud psicológica (Fredrickson, 2000, 2003; Panksepp, 2001). La neurofisiología, así como factores cognitivos, sociales y emocionales, desempeñan un papel en el proceso de desarrollo de la sonrisa social (Messinger & Fogel, 2007). La capacidad de utilizar palabras para expresar emociones brinda a los niños pequeños una herramienta valiosa para obtener ayuda o apoyo social (Saarni et al., 2006). El temperamento también puede influir en la expresión emocional de los niños. Las expresiones de emociones positivas y negativas en la primera infancia impactan el desarrollo de las relaciones sociales. Las emociones positivas resultan atractivas para los demás y facilitan la formación de relaciones, mientras que una gestión o expresión problemática de las emociones negativas puede generar dificultades en las relaciones sociales (Denham & Weissberg, 2004). El uso de palabras relacionadas con las emociones parece estar asociado con qué tan apreciados son los niños en edad preescolar por sus pares: los niños que utilizan palabras emocionales suelen ser más apreciados por sus compañeros de clase (Fabes et al., 2001). [2]